Octubre 2016

Coordinador eléctrico y diversidad en los directorios

En julio de 2016 se publicó la ley que “Establece un nuevo sistema de transmisión eléctrica y crea un Organismo Coordinador Independiente del Sistema Eléctrico Nacional”. Este cuerpo legal responde a profundas falencias del sistema eléctrico, en particular, en aspectos referidos a la transmisión y ordenamiento del sistema que se venían discutiendo desde hace muchos años.

Existía un diagnóstico transversal que la inversión en transmisión no estaba creciendo al ritmo necesario y que, peor aún, era un cuello de botella para el desarrollo de proyectos eléctricos, especialmente los más pequeños, afectando por ello desproporcionadamente a las ERNC. A nivel de Transmisión Troncal las obras no contenían las holguras necesarias para sostener una verdadera planificación de largo plazo ni consideraban aspectos de ordenamiento territorial. En Subtransmisión, la ausencia de la obligación de expansión generó congestión y problemas de conexión. En Transmisión Adicional, la regulación no era clara ni suficiente. Finalmente, los tres segmentos no estaban regulados coherentemente entre sí ni permitían un desarrollo integral de la red.

Respecto al Coordinador Independiente, ya en 2012 se anunciaba en las medidas de la Agenda Pro Inversión y Competitividad que “se debe dotar a los CDEC de mayor autonomía e independencia, de modo que adopte decisiones que garanticen una operación eficiente, segura y transparente del sistema eléctrico.” Esta nueva ley avanza de manera clara en aumentar la independencia de Operador del Sistema Eléctrico de los actores de la industria y también se hace cargo de otros grandes desafíos del sector. Entre ellos los relacionados con monitorear permanentemente las condiciones de competencia del mercado eléctrico y garantizar, de mejor manera, el ejercicio del derecho al acceso abierto a las instalaciones de transmisión. Se establece además, la participación proactiva del coordinador en los actos normativos del sector, de apoyo a la fiscalización de la SEC y de promoción del cumplimiento de la normativa. Así pues, se le entregó al Coordinador reemplazar a los actuales CDECs y la obligación de velar por el interés colectivo y general para el cumplimiento de los mandatos de política pública establecidos.

La administración de esta nueva institucional recae en un Consejo Directivo compuesto por 5 miembros elegidos por un Comité Especial de Nominaciones mediante concurso público. El desafío de armar un buen directorio en este caso es grande. Por un lado, en Chile no ha cristalizado aún la convicción de que directorios diversos son positivos para las instituciones y se tiende a elegir directorios de “clones”. Así pues, alejarse de ese paradigma naturalmente cuesta y no es claro que incluso la institucionalidad a cargo de la formación de estos equipos lo tenga asimilado. Como gran avance se muestra la incorporación de una que otra mujer, pero el concepto de diversidad va mucho más allá del género. En efecto, se requieren directores con diferentes formaciones, trayectorias y perspectivas para así enriquecer los análisis y las decisiones que se tomen. Por otro lado, la misma ley entrega nuevos ámbitos de atención a los que estaban habituados los directores de los CDEC. Algunos de ellos son: realización de licitaciones (art 72° 7 y art 95°), transparencia y entrega de información pública (art 72° 8), monitoreo de la competencia en el sector eléctrico (art 72° 10), I+D e innovación (art 72° 13), participación en la generación de normativa (art 72° 19), entre otros. De ahí que sea muy relevante que el consejo directivo cuente con la mirada permanente de alguien con sensibilidad procompetencia y que, por lo tanto, entienda que el éxito de las licitaciones se determina en los detalles, que la normativa debe cuidar de no poner obstáculos innecesarios a la participación de empresas nuevas, de menor tamaño o innovadoras, que en el día a día de las instituciones se pueden generar estos obstáculos casi inconscientemente o de manera deliberada porque se cree necesario minimizar todos los riesgos y garantizar de todas las formas posibles que no se interrumpa el suministro.

Sobran ejemplos de cómo las instituciones demasiado conservadoras o formadas por agentes muy alineados terminan favoreciendo las empresas conocidas, las más grandes, las tecnologías ya probadas y desde luego así limitando la innovación, con tal de no correr el riesgo de que algo falle. La visión de que ese extremismo es ineficiente debe estar presente a nivel de directorio. De otra forma, ésta no permea y la ley termina siendo letra muerta, sobre todo en aquellos casos en que las obligaciones procompetencia y proinnovación son declarativas y no se exige medirlas por lo que incumplirlas no tiene sanción.

Recientemente fue nombrado el nuevo Consejo Directivo. Esperemos que tenga éxito en todos los ámbitos que le fueron encomendados.

La maldición del ganador

Un reciente análisis sobre las últimas licitaciones de suministro de energía para clientes regulados efectuado por Alexander Galetovic, atribuye a la maldición del ganador los bajísimos precios de los oferentes más baratos. Aunque es discutible que las empresas que ofrecieron precios de incluso 29 US$/MWh fueran afectadas por esta maldición, este debate entrega una oportunidad para recordar elementos que deben tenerse en cuenta al momento de diseñar una licitación.

La teoría de licitaciones y una amplia evidencia empírica muestra que el éxito o el fracaso de las licitaciones depende crucialmente de los detalles. En efecto, no solo basta decidir si el mecanismo de asignación será mediante sobre cerrado o a viva voz; si los precios serán descendentes (holandesa) o ascendentes (inglesa). Quien diseñe una licitación debe preocuparse también de:

  • Si habrá precio de reserva, cómo se calcula y si debe o no ser público antes de que se reciban las ofertas.

  • Si, en caso de múltiples bienes, habrá bloques de tamaños predeterminados o eso también será decisión del oferente.

  • Si se aplican reglas que limiten la concentración de los ganadores de manera que ninguno, por ejemplo, se adjudique más de un cierto porcentaje de los bienes a asignar.

  • Si se incluirán “premios” para oferentes en desventaja o que se quieran beneficiar en virtud de alguna característica que se considere deseable.

  • El plazo, por su parte, debe ser analizado cuidadosamente pues, si se licitan contratos o bienes que se reasignarán en el tiempo, plazos cortos puede favorecer la colusión entre participantes. En cambio, uno largo hace que el ganador se lleve un bien aún más atractivo lo que incrementa su predisposición a ofertar agresivamente y ganar la licitación.

  • Mecanismo de desempate o reasignación de bienes no adjudicados. En este caso, si el proceso pasa a ser secuencial, sucede algo similar que con relicitaciones frecuentes, aumentan los incentivos para coludirse.

Todos los elementos anteriores deben evaluarse caso a caso tratando de evitar la colusión, los precios predatorios, la disuasión a la entrada de nuevos competidores y también la maldición del ganador.

La maldición del ganador se genera cuando el que gana una licitación termina pagando más por el bien que su valor intrínseco. Este concepto fue introducido por Capen, Clapp y Cambel en 1971 haciendo referencia a licitaciones de valor común, es decir, donde todos los oferentes aprecian de igual forma el bien a licitar. Esto sucede, por ejemplo, respecto a oportunidades de negocios y no cuando se trata de obras de arte, donde como lo valora un oferente puede ser completamente distinto a como lo hace otro; en estos casos, hay valoraciones privadas. Cuando ocurre la maldición del ganador, el oferente que termina adjudicándose el bien hizo estimaciones, respecto a algunas variables claves, demasiado optimistas. Claramente, la maldición del ganador genera una mala asignación de recursos. Solo piénsese en el caso que quien gana la licitación es una empresa que termina con pérdidas y cerrando debido a una mala oferta. Asimismo, como muestra Klemperer1, la maldición afecta más a los postulantes más débiles (menos informados) quienes tienden a limitar la agresividad de sus posturas lo que hace que los postulantes más informados ganen una y otra vez, llevando a que el mercado se estreche.

Estudios empíricos2 sobre empresas apuntan hacia la existencia de la maldición, aunque no de manera concluyente puesto que no son tantas las veces que una mala oferta cause pérdidas o la quiebra de la ganadora. Muchas veces, las empresas solo terminan ganando mucho menos que lo esperado y eso es difícil de pesquisar. Los experimentos3, en cambio, muestran que la gente tiende a sobreestimar el valor de lo que se licita o subasta. Detrás de este fenómeno confluyen elementos culturales, de personalidad y psicológicos de los tomadores de decisiones en las empresas así como ciertos mecanismos de mercado que contribuyen a agudizar estos problemas.

En cualquier caso, tanto las empresas participantes en una licitación como quien la diseña debieran tratar de minimizar el riesgo de la maldición del ganador4. Se sugiere, entre otras, que el diseñador de la licitación:

  • Provea el máximo de información útil de manera que las empresas puedan realizar inferencias más precisas.

  • Atraiga a la mayor cantidad de posibles oferentes conocedores del bien a licitar.

Para el caso de las recientes licitaciones de suministro de energía, tal vez podría haberse estudiado establecer un precio mínimo de manera que ganen las empresas que hubieran ofrecido los menores precios, pero la adjudicación fuera por el precio mínimo establecido.

Se podría discutir si ese precio de reserva debe ser o no conocido con antelación a la presentación de las ofertas; no es claro a simple vista cuál es la mejor alternativa.

En cualquier caso, si efectivamente se dio la Maldición del Ganador de manera que en el futuro próximo algunas empresas no podrán cumplir con sus contratos, como al parecer así va a ser, es necesario que el mecanismo de recontratación sea lo más expedito posible y que las empresas ganadoras no enfrenten obstáculos no anticipados que hagan que otras hayan al final del día sobreestimado las ganancias del negocio.


  1. “What really matters in auction design”, Paul Klemperer, 2001. 
  2. Thaler (1998) estudia subastas de derechos de autor, concesiones petroleras y compras de empresas. Hendricks, Porter y Boudreau (1987) estudian la licitación de un campo petrolero la Texaco. Thiel (1988) analiza la industria de la construcción de autopistas en Estados Unidos. 
  3. Bazerman y Samuelson (1983) hacen un experimento con estudiantes de la Universidad de Boston para asignar un frasco transparente con monedas. 
  4. Una lectura recomendada es “Beware the Winner’s Curse: Victories that Can Sink You and Your Company”, G. Anandalingam y Henry C. Lucas, Oxford University Press, 2004. Los autores presentan una amplia variedad de casos donde ha habido Maldición del Ganador: fusiones, películas, industria de telecomunicaciones, entre otras. 

La economía digital y la competencia

No hay dudas que la revolución digital ha traído maravillosas nuevas oportunidades para facilitar los negocios y mejorar los bienes y servicios que consumimos. El acceso a volúmenes ingentes de información y los conocimientos que pueden extraerse de ellos permite a empresas llegar mejor a satisfacer las necesidades o gustos de sus clientes. Es decir, crean valor al, por ejemplo, ampliar el menú de opciones atractivas, hacer llegar productos más rápido y comunicarse con el cliente para retroalimentar un proceso de rediseño continuo que permita mejorar la experiencia de consumo. Pero, en el mundo digital también se incuban riesgos para la competencia los que, en algunos casos, podrían incluso tratarse de delitos.

Por un lado, las economías de red inducen a aumentar la concentración en la industria. Ejemplos hay muchos como los editores de texto, las redes sociales e incluso algunos juegos que adquieren más valor para sus usuarios en la medida que la cantidad de gente que los usa aumenta. Esto tiene otras implicancias en un contexto dinámico porque lograr rápidamente una masa crítica de usuarios permite erigir una barrera a la entrada en una industria donde el resultado de la competencia es un winner-takes-(almost)all. Así, una vez que un gigante se instala, desafiarlo se hace muy difícil. Nótese que para las empresas hay un doble desafío: desarrollar un producto tecnológicamente bueno pero también ejecutar una estrategia de márketing que permita lograr la escala mínima rápidamente sino, por muy superior que sea su oferta, si los consumidores optan por el de otra firma será muy difícil inducir posteriormente a que se cambien de producto.

La creciente monopolización se está dando en diversos segmentos de la industria: búsquedas, publicidad online, sistemas operativos para teléfonos móviles, plataformas de eCommerce e incluso en la fabricación de smartphones donde dos que fueran grandes, Nokia y Blackberry, ya no participan en ese segmento.

La mayor concentración de la industria no debiera, en principio, generar efectos negativos si, junto a ella, la intensidad de la competencia se mantiene alta. El problema surge cuando las empresas dominantes logran bloquear la entrada a otras empresas y, por ello, una de las principales preocupaciones de los reguladores y agencias de defensa de la libre competencia en esta industria debiera ser la integración aguas arriba y aguas abajo de las empresas dominantes1.

A lo anterior, que está más bien en línea con los riesgos clásicos a la competencia, se suman otros que provienen de las herramientas que emergen de la era del Big Data. Desde el punto de vista de los delitos a la libre competencia, la mayor capacidad de buscar, acumular y procesar información a través de algoritmos altamente sofisticados facilita establecer y mantener en el tiempo acuerdos colusivos porque reduce el costo de monitoreo del acuerdo haciendo que las desviaciones sean menos probables.

En Estados Unidos, en 2015 se inició el primer caso por colusión asociado a un algoritmo para monitorear y fijar precios en el mercado2. En este caso, el Departamento de Justicia acusó a un ejecutivo de eCommerce de posters comercializados a través de Amazon de coordinarse con otro competidor para fijar precios. A diferencia de los casos tradicionales de colusión, acá el acuerdo se ejecutó a través de un algoritmo programado para monitorear y ajustar los precios de la manera convenida.

Pero no solo la colusión expresa, la que es indiscutiblemente un delito, se hace más fácil, sino que también la colusión tácita (que en algunas jurisdicciones no es ilegal, al menos no expresamente) o el paralelismo consciente. Bajo estos últimos comportamientos, y al igual que la colusión expresa, las empresas pueden elevar los precios y llevarlos incluso hasta el nivel de la colusión expresa, poniendo en riesgo el correcto funcionamiento de los mercados. Así, las nuevas posibilidades tecnológicas hacen que sea posible que empresas puedan sostener coordinadamente precios mayores a los habrían fijado sin esa capacidad de coordinación, incluso en contextos muy complejos utilizando algoritmos adaptativos que se interrelacionan entre ellos.

Adicionalmente, hay otros usos de la información que permiten el Big Data y el Big Analytics que hacen que empresas extraigan una mayor parte del excedente de mercado pero que, aunque no es claro que caigan dentro del ámbito de los delitos contra la competencia, igualmente plantean desafíos regulatorios. De hecho, ya se habla de “colusión entre algoritmos”, “discriminación por comportamiento” y “frenemy dynamics3, todas prácticas que terminan excluyendo competidores y perjudicando a los consumidores. En el primer caso, Data Mining y otras herramientas que permiten conocer mejor el comportamiento del consumidor logran una versión “mejorada” del equilibrio perfectamente discriminante. En frenemy dynamics, en cambio, se observa que a nivel de competidores también existe cooperación porque ésta es, en cierta medida, necesaria para que el ecosistema que surge en la industria se desarrolle. Es lo que los autores ejemplifican a través de los sistemas operativos para smartphones que son los que soportan a los desarrolladores de software, aplicaciones y accesorios. En este caso, los sistemas operativos no pueden diferenciarse tanto porque, dado que quieren atraer a desarrolladores, deben crear las condiciones para que las aplicaciones funcionen con cualquier sistema operativo o, al menos, los más usados.

Todo lo expuesto nos lleva a dos reflexiones respecto a los desafíos que el funcionamiento de los mercados en esta era digital impone a los organismos de defensa de la libre competencia. Por un lado, ellos requieren de capacidades técnicas suficientes para poder regular y detectar el uso inadecuado de la información y los algoritmos. En Estados Unidos se reconoció la magnitud del desafío y, en 2015, la autoridad antimonopolios creó una división especializada para la investigación de estos casos, The Office of Technology, Research and Investigation.

Por otra parte, en el sector TICs el surgimiento de grandes gigantes y la tendencia a la concentración demanda un ojo agudo para detectar abusos de posición dominante que cada vez son más sutiles, sofisticados y difíciles de demostrar.


  1. Casos emblemáticos han sido las tres acusaciones contra Microsoft en Europa por favorecer sus servicios en detrimento de los de la competencia (fundamentalmente Google: navegador, buscador, mapas y sistema operativo para teléfonos móviles, Android). 
  2. San Francisco US Department of Justice vs Poster Revolution en un caso de venta de posters online en Amazon donde el acusado, David Topkins, ejecutivo de e-commerce, se declaró culpable y pagó una multa de 20 mil dólares. 
  3. Recomiendo Virtual Competition de Maurice Stucke de University of Tennessee Knoxville y Ariel Ezrachi de Oxford University.